Domingo, noviembre 18

Un sueño casi imposible: salir de pobre en México

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Una de las pruebas contundentes para saber si un país es justo o no, son los indicadores sobre el grado de movilidad social que se registra durante una cierta etapa de su historia. De haber tendencias innegables a moverse en la pirámide social desde los estratos bajos hacia los de arriba, habría señales de que las economías de mercado y las políticas públicas instituidas han podido ofrecer un arcoíris de oportunidades para que los pobres salgan de pobres.

Son abundantes los datos sobre este tema peliagudo que demuestran todo lo contrario. Lo descubierto en las últimas décadas en las ciencias sociales mexicanas apuntalan este punto de vista. La información rigurosa así expuesta ni siquiera nos lleva a un optimismo moderado. Los expertos y sus diagnósticos cuantitativos permiten conocer a fondo esta problemática social de dimensiones abrumadoras, políticamente peligrosa. Sin estos inteligentes estudios no habría forma de comenzar a ventilar el tema y procurar solucionarlo con imaginativas y eficaces acciones de política social para combatir la que es su causa principal: la pobreza.

La tomografía de la vida social mexicana no deja lugar a la certidumbre y al sosiego. Ha servido de poco que el país se ubique entre las primeras veinte economías del mundo.  Y lo mismo si algunas decenas de empresarios pudientes aparecen en la exclusiva lista de los plutócratas globales. Los saldos funestos del modelo económico dominante desde hace tres décadas están a la vista.

Los frágiles y perversos mecanismos imperantes de distribución del ingreso y de la riqueza tienen que ver, sobre todo, con el tipo de desarrollo económico que ha tenido el país en los últimos tres quinquenios. La casualidad no tiene lugar en este caso. Entre el 2000 y el 2017 el país ha registrado un crecimiento del PIB por habitante menor al 1%. Esto significa que, con ese ritmo de crecimiento, el ingreso promedio apenas si se podría duplicar cada 70 años, es decir, cada tres generaciones (suponiendo que nada cambia).

En una perspectiva global se puede constatar en estudios muy acreditados que las economías con elevada desigualdad y bajo ritmo de crecimiento tienden a registrar una baja movilidad social. Este es el caso de México, sin duda alguna. En este contexto histórico las aspiraciones de mejora personal y familiar de las masas pobres del campo y de las ciudades están siendo sistemática y permanentemente bloqueadas por barreras casi infranqueables: bajos salarios, informalidad laboral, desigualdad de oportunidades educativas y sanitarias, condición de género, ubicación geográfica y hasta color de piel, o sea, esa identidad racial que castiga de muchas formas nuestras raíces indígenas.

Así, ser pobre, ganar poco, tener escolaridad básica de baja calidad, carecer de atención médica, ser mujer, trabajar en empleos precarios e informales, vivir en el sureste y tener rasgos raciales indígenas, conforman un bulto social y cultural tóxico que encierra todas las desventajas en el mundo mexicano actual. En estas circunstancias adversas, ni con el ejemplo emblemático del Presidente Benito Juárez, hay modo de que la voluntad férrea de salir adelante lleve a las multitudes hoy en pobreza a contar con decentes horizontes de vida.

La desigualdad económica y social existente en el país, y su secuela depredadora en el bienestar familiar, tiene rostros variados y menciono aquí los más visibles y, por lo mismo, bastante bien cuantificados y diagnosticados hasta ahora: deserción escolar, escaso rendimiento escolar, acceso limitado a servicios de salud, obesidad mórbida, drogadicción, embarazos adolescentes, violencia juvenil, criminalidad, homicidios, etcétera. Todo esto alimenta el horrendo círculo vicioso de pobreza-inmovilidad social-pobreza.

https://www.americaeconomia.com/analisis-opinion/un-sueno-casi-imposible-salir-de-pobre-en-mexico

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